Tópicos Clásicos

August 6, 2005

Mortal y rosa, F. Umbral

Las manos juegan en el amor. Son importantes. Las manos tienen un código, hablan en el amor, y actúan. Las manos, en el amor, son aves, y los pies son piedras. Es muy fácil que la mano se torne garra sobre el cuerpo de una mujer. Ir a la mujer con manos de pianista mejor que con manos de ladrón. Que la mujer no se sienta saqueada, sino templada, pulsada, afinada.

Mortal y rosa, F. Umbral, Madrid, El Mundo, 1999. P. 22.

La Regenta, L. Alas Clarín

En este texto de Clarín es una mujer mayor (doña Anuncia) la que adoctrina a Ana:

- Alguno que se propasase a mayores, lo que se llama mayores, sobre todo, tomándolo en serio y obsequiándote (palabra de la juventud de doña Anuncia), obsequiándote a regla, entonces no te fíes; déjale decir, pero no te dejes tocar. Al que te proponga amores formales, no le toleres pellizcos, ni nada que no sea inofensivo. Escandalizarse es ridículo, es como no saber con qué se come alguna cosa…

La Regenta, L. Alas Clarín, Orbis, 1994. P. 97

AMANTE QUE NO PUEDE OLVIDARSE DE AMOR Y SEGUIR LA RAZÓN

AMANTE QUE NO PUEDE OLVIDARSE DE AMOR Y SEGUIR LA RAZÓN

Se rindió el corazón, cegó el sentido,
con propio aplauso, bella tiranía;
en actos libres la razón porfía
y a sacudir el yugo obedecido.

Mas, ¡ay!, que en las acciones de perdido,
tal premio el alma halló, que si me guía
al olvido de Amor la razón pía,
bebo nueva memoria en el olvido.

¡Oh para nuevo mal, por medio extraño,
ilustrada razón, ciego deseo,
pues viendo la verdad, sigo el engaño!

Mal tendrá la razón de Amor trofeo,
si le defiendo a Amor mi propio daño,
cuando en favor de la razón peleo.

Antonio Alvares Soares, en Poesía de la Edad de Oro II (Barroco), José M. Blecua (ed.), Madrid, Castalia 1984. P. 306-307

Ana Karenina, L. Tolstoi

La locomotora lanzó un silbido triste y estremecedor. La trágica belleza de la tempestad le parecía ahora a Ana aún más atractiva: acababa de oír las palabras que su razón rechazaba, pero que su corazón deseaba. Guardó silencio. Pero Vronsky leyó en su rostro la lucha que mantenía en su interior.

Ana Karenina, L. Tolstoi, Madrid, El Mundo, 1999, p.110

Caballeros de Fortuna, Luis Landero

Muy pronto, sin embargo, descubrió que uno de los efectos sorprendentes del amor era que la desdicha traía consigo su propia medicina. Era como si también al amor se le pudiera aplicar el refrán de ‘lo que no mata, engorda’, porque ahora la pesadumbre no sólo se ofrecía como paliativo contra ella misma sino que enseguida se convirtió en un motivo secreto, incomprensible y hasta fascinante de deleite. Cuando quiso darse cuenta, se encontró a todas horas aguzando el ingenio para buscar razones con que alimentar el fuego de aquel sufrimiento placentero.

Caballeros de Fortuna, Luis Landero. Bacerlona, Tusquets, 1994. P. 278






















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